sábado, 8 de diciembre de 2007

Referencia bibliográfica: Quaderns 220


La reformulación del suelo

El enorme interés en torno al paisaje, tan comú
n en las discusiones arquitectónicas contemporáneas, es un signo inequívoco de que ya no confiamos en las relaciones clásicas entre el edificio y el suelo, ni en la definición convencional del suelo como algo delimitado, estable, horizontal, determinado y homogéneo. Por el contrario, el paisaje sólo es interesante si lo entendemos en su sentido más amplio: como una categoría del sistema operativo topográfico, y no como una categoría del entorno construido; una "plataforma" y no un "sitio". J. F. Lyotard explica con claridad este aspecto operativo o metodológico del paisaje; expone que los paisajes son espacios desprovistos de significado, el origen y el destino se producen "cuando la mente se transporta de una forma de materia sensitiva a otra, pero reteniendo la organización sensorial característica de la anterior".
Nuestros proyectos de superficie no versan sobre la ausencia del suelo, sino sobre su redefinición y sobre la creación de un
a serie de técnicas: una nueva disciplina del suelo. La manipulación de la superficie del suelo ha sido una constante, transformando un elemento que normalmente lleva un código fijo, en un campo activo, complejo y mutante. Del encasilla-miento, la "domesticación" del suelo que caracteriza la arquitectura moderna, a la recuperación de intensidades diferenciales potencialmente salvajes. La ambigüedad entre la superficie y el espacio, entre la bidimensión y la tridimensión, es quizá una de las constantes de estos proyectos, como alternativa a la contraposición entre el suelo y la figura arquitectónica. La superficie ya no es sólo la envolvente del espacio, sino también su determinante, ya que entre ambos surge una estrecha relación. Una segunda estrategia es la ambigüedad entre el suelo y la envolvente. En vez de contraponer ambos elementos a la manera clásica, indagamos en la indeterminación existente entre ellos. La arquitectura ya no se presenta como una
entidad vertical y activa construida sobre la superficie plana del suelo, horizontal y pasiva. Aquí el suelo se convierte en una superficie activa, un plano construido del que la arquitectura emerge como una figura improbable y fluctuante.




Land in Lands: alfombras operativas


Planteamos ahora la noción de Land in Land: "paisaje operativo" sobre "paisaje anfitrión". Permite reflexionar sobre la superación d
e las antiguas concepciones que habrían caracterizado la acción sobre el paisaje basadas en la tradicional jerarquía "figura-fondo" -"figura edilicia sobre campo de fondo"2-, y su sustitución por nuevas interpretaciones abiertas a una fusión de los contornos, a una disolución de las líneas de límite -como en esos campos de "píxels" de la representación digital en los que, tras progresivos zooms, las siluetas acaban diluyéndose en tramas más abstractas e Imbricadas-, Igual que la ciudad ha dispersado los límites que la separaban de los antiguos territorios extramuros, también el proyecto arquitectónico puede difuminar sus perfiles en nuevas "geografías de transición". La aplicación técnica de nuevos conceptos estructurales y constructivos y la profundización en las posibilidades de los nuevos medios informáticos permiten plantear, hoy, una deformación de las antiguas estructuras euclidianas transformándolas en espacios dinámicos, movimientos de intersección, fluctuaciones funcionales, solapamientos entre niveles diversos que remiten la nueva arquitectura a procesos casi geológicos hechos mediante superposiciones e imbricaciones multicapa: espacios de pliegue, más que volúmenes prismáticos; "revesas" programáticas, de aluvión, más que "cristalografías" puras, predeterminadas. Topografías más que volumetrías.
A estas dinámicas no sería ajena la consideración del vacío como "material arquitectónico" de primer orden, no tanto por su eventual valor "natural" como por su importante componente abstracto, difuso, más allá del predominio de la forma -esa cualidad ambigua del espacio "en negativo", conformado por "ausencias" más que por "presencias"-. Una "arquitectura del vacío" puede plantearse entonces, también, en resonancia con las
cualidades de un "paisaje-espacio libre" ¡nstrumentalizado, precisamente, a través de sus propias cualidades "vacantes"; como "campo" abierto de fuerzas, cruzado por amplias líneas de fuga, en el que se manifestarían con contundencia las superficies, los horizontes, los encuentros entre cielo y suelo. Sería ésta una arquitectura de superficies solapadas: "suelos sobre otros suelos". "Presencias-ausencias" planteadas desde la combinación -paradójica- entre "densificación y desaparición". Si imaginamos las superficies del territorio como los pavimentos de ciertos salones puntuados por alfombras coloristas de motivos diversos, podemos entonces imaginar, también, deslizadas en el paisaje, posibles "arquitecturas" concebidas, a su vez, como virtuales alfombras de uso -suelos gruesos, densos, sobre suelos libres receptores-. Del mismo modo que el espacio de una vivienda puede concebirse hoy como un gran vacío estratégicamente abalizado por grumos equipados -coágulos de servicio-, también la estructuración de ciertos paisajes puede formularse preservando sus cualidades mediante la ubicación puntual de suelos programáticos no camuflados, sino deslizados sobre el paisaje.
Ya no se trata, en efecto, de "tabicar espacios", ni tampoco de "parcelar usos", sino de articular actividades en un espacio pre
ferentemente fluido, libre, tan sólo pellizcado por "cuencas" -esteras- de servicio (acumuladores "en negativo") que revelarían una preocupación por colonizar el paisaje -más allá de las antiguas distinciones entre espacio urbanizable y no urbanizable- a partir de dispositivos de infiltración y distanciamiento no ligados ya a estrictos trazados geométricos, sino de configuración más libre e intencionada. Dispositivos que actuarían "insertando", "densificando" y "preservando" al mismo tiempo. El trabajo directo sobre el suelo se entendería, pues, como un trabajo sobre un vacío "arquitectonizado". Un vide fagonné en el que el proyecto no se efectuaría ya desde la configuración prioritaria de la masa construida en altura -la arquitectura como "edificación"-, sino desde la reestructuración de las superficies horizontales: dunas, relieves, esteras, trincheras, pliegues, etc., como manifestaciones topomórficas de una posible geografía artificial no muy distante -en sus imágenes espaciales- de aquella más natural. Suelos sólidos, configurados a menudo como plataformas de tránsito, que establecerían una primera cota de referencia rasqada por incisiones, rampas, surcos y penetraciones estratégicas de luz destinadas a articular programas en trinchera, desarrollados en sentido contrario al ortodoxo.
Relieves y bandejas cizalladas conformarían, así, nuevas "estampaciones" sobre el terreno; paisajes minerales en los que los movimientos y los flujos acabarían articulándose "bajo plano" en superficies cinc
eladas a ras de suelo.3 Geografías construidas más que arquitecturas. Geografías donde la eficacia de la arquitectura no radicaría en la definición figurativa del objeto, sino en la propia capacidad de proponer un nuevo topos abstracto. Como si de caras apretadas contra el cristal se tratara, los antiguos contenedores prismáticos recortados contra el cielo dejan paso así a nuevas formas "magmáticas" aplastadas contra el terreno, formas agazapadas, en las que -en una fértil paradoja- la cubierta de un edificio acabaría siendo a la vez su principal suelo.
Ya no se trata entonces de seguir creando bellos "volúmenes bajo la luz", sino "paisaje ambiguos bajo el cielo". Enclaves mestizos capaces de generar su propia energía. Campos dentro de otros campos. Lands in Lands.



Pensamiento para paseantes

José Miguel Roldán

Atiende a esta ventana (1). Las figuras sobre el suelo miden muy poco. Demasiado lejos para reconocerlas con precisión. Observa las posturas, los movimientos de los visitantes del museo: sin duda tienen la confianza de un viajero doméstico, la duración de las miradas por encima del hombro a alguien que pasa. Movimientos instintivos previos a una elección, experiencias densas, breves y seguramente nada verbales. He visto algo semejante en las mujeres nómadas fotografiadas en las casas Tao, de Toyo Ito <2).>ómada la prepara frente al espejo, está lista para cambiarla: se viste, se peina, se inclina para maquillarse con la misma fragilidad que la red con la que se construye el mueble. Los visitantes del museo están ya en el museo. ¿Dentro? No, encima.

Andan con lentitud por los techos. Saben dónde pisan. Bajo sus pies hay milímetros aquí y metros más allá. El edificio está hacia abajo.

Son los espacios de la dilación. Estás viendo la postura de los nuevos paseantes.

Los paseantes no son guías turísticos, ni taxonomistas. Su hábito es como de pionero, son buscadores que llegan a territorios sin planos previos y se aventuran a imaginar líneas para atravesarlos. Dominan los trayectos, convierten en tránsitos cualquier extensión. Uno cualquiera de sus trazos es ya el primer objeto encontrado. Un objeto por el que te puedes mover antes de comenzar. Y que resuena, es un aviso: soy tu apuesta.

A veces escogen territorios cotidianos para la aventura; y un dedo ("podríamos ir por aquí") o un filtro ("mira", "no mires") los convierten en el territorio de lo insólito. Escriben en ellos, como en los primeros mapas de América: térra incógnita. Los paseantes son también traductores. Ordenan con sus pasos la complejidad de cualquier superficie y la traducen. Así hacen creíble aquello que parecía imposible: descifrar un lugar, conver­tirlo en cifras. Y con sus trazos dejan intacto el escenario para que otros elijan una nueva ruta, como si cada vez fuese la primera. Por ello, como grupo tienen la virtud de la superfluidez. Como los exploradores, los paseantes piensan en horizontal. Camina para comprobarlo por las gravitaciones de Chillida (3).

Papeles, fieltros, cosidos, superpuestos, colgados. Explica lo que puede suceder en su espesor. Los no exploradores dividen los problemas con definiciones, que para serlo deben ser exactas como cajas, huecos, trampas. Y hay trampas de espacios y tiempos. Habrás oído que hay huecos, se hacen huecos o se tienen huecos: en casa o en la agenda; en el sofá


De algún tiempo a esta parte, la noción de "espacio ubre" se ha venido asimilando a la noción de "paisaje". Ésta es una cuestión relacionada con la decidida atención otorgada a la "concepción del espacio abierto" que, frente a aquellas otras dinámicas más plegadas a la ortodoxia de la "reconstrucción urbana", ha caracterizado los últimos años. A ello no serían ajenas la influencia del nuevo discurso ecológico -el espacio verde como icono- y del arte -particularmente el ¡and art-, así como, de una manera más general, la propia exploración implícita en esta generalizada "superación de los límites" propia del discurso arquitectónico reciente, poco confiado en la seguridad de las formas urbanas tradicionales.

En este contexto podemos entender la insistencia en la idea de "vacío" como hipótesis directamente relacionada con las nuevas ideas sobre la ciudad. Nuevas aproximaciones, nuevas estrategias y, evidentemente, nuevos instrumentos de gestión y de concepción destinados a responder al acelerado -y salvaje-desarrollo urbano de nuestras metrópolis y que confirmarían aquellos diagnósticos que ya certifican la crisis del urban design. En este sentido, si en Europa y en los Estados Unidos se intuye un cierto malestar cultural, éste se debe al hecho de que el yang ha tendido a brillar demasiado y no ha habido un yin alternativo. En temas de arquitectura, el yang, la luz, se podría asimilar a la forma exterior, y el yin, las sombras, al contenido, utilizando los mismos términos que propone el arquitecto Yoshinibu Ashihara en su búsgueda de nuevos órdenes con capacidad de adaptación al próximo siglo (L'ordre caché: Tokyo la ville du XXIe siecle, París, Hazan, 1994): dinámicas contrarias al orden perfecto, a la claridad y a la simetría que represen­taron el ideal de la arquitectura desde Grecia y el Renacimiento. En el orden tradicional, la concepción del espacio arquitectó­nico y de la planificación de las ciudades sería, efectivamente, de naturaleza centrípeta -desde el diseño de la "totalidad" se prestaría atención a los movimientos particulares-, y la distinción entre objeto "huésped" y el espacio anfitrión, entre ciudad y territorio, quedaría perfectamente delimitada. Sin embargo, frente a esta tendencia centrípeta, podríamos lógicamente concebir otra, de naturaleza centrífuga, en la cual arquitectura y ciudad remitirían a dinámicas más inestables e indefinidas con construcciones y especialidades de fronteras ambiguas, capaces de ajustar y de diluir estratégicamente las líneas de contorno. SÍ precisamente han sido las líneas de contorno las que tradicíonalmente han decidió en Europa la fisonomía de la ciudad, esta preponderancia de la forma, esta "arquitectura de los muros" se podría enfrentar, hoy, a otro tipo de tradición, una "arquitectura de los suelos" capaz de privilegiar los contenidos, cambiantes en función de las mutaciones (por oposición a la antigua figuración, cerrada, estanca, difícilmente modificable una vez decidida). Mecanismos nuevos proclives a siluetas desvanecidas, a formas vagas, a la continua fluidez entre espacio exterior y espacio interior. Una arquitectura hecha desde el interior hacia el exterior, en comunión con la naturaleza, precisamente a través de una "lógica de la transición" capaz de generar espacios elásticos y flexibles, decididamente "topológicos".